domingo 04 de enero de 2015
afondo

Fotos inolvidables de la semana política

Amado Boudou anda por el mundo representándonos como si fuera el más inocente de los políticos argentinos

La foto de la mandataria de Brasil, Dilma Rousseff, tomada de los brazos con nuestro vicepresidente, Amado Boudou, durante el acto de asunción de su segundo mandato presidencial, es un documento que quienes escriben los graph en los informes de los noticieros de TV no dudarían en calificar de “¡Estremecedor!”.

Ella acababa de dar un potente discurso anticorrupción en el que había asegurado que el pueblo de Brasil la había reelegido porque “sabe que nunca pacté con ilícitos”.

Es decir, como diciendo: “Sí, sí, Petrobrás está llena de corruptos y en el PT hay varios, pero tanto yo como Lula estamos al margen de todo eso y lo combatimos”.

No nos espantamos
No le falta razón. En su primera presidencia sacó carpiendo a varios turros, entre ellos a varios de alto pinet político. Pero está muy bien que haya advertido que ella le va a pasar la escoba al que meta la mano en la lata.
Nosotros en la Argentina estamos curados de espanto con esas promesas de políticos, pero Dilma, usted lo sabe lector, no es lo mismo que un, digamos, Carlos Menem.

La traición más olvidada
¿Se acuerda usted, lector, cuando nuestro riojano más famoso asumió su primera presidencia, en medio de aquella hiperinflación de 1989, y nos zamarreó a nosotros y al mundo con una promesa inolvidable.
¿Se acuerda qué decía? Se lo refresco con la condición de que no se me ría en la cara.

Allá va: “Declaro a la corrupción delito de traición a la patria”.

¡Qué cancha, man!
Basta mirar en la primera de las fotos de esta página los ojitos entrecerrados de ella como diciendo: “Y...no puedo zafar del protocolo, y menos con el representante de la Argentina. Justo ahora vino la Cristina a meter la pata. Ellos son nuestros principales socios en la región y los que más problemas nos traen”.

Hay que observarlo también con detenimiento a nuestro vicepresidente, sereno, canchero, aplomado, perfumado, tomándola con firmeza a ella por sus codos, como cuando un hombre busca hacer sentir su presencia a una mujer. Es decir, con las riendas cortas.

¡Guarda el hilo!
Note, en cambio, cómo ella apoya las palmas de sus manos en el antebrazo del marplatense como lista por si hay que frenarlo, como cuando una dama baila con un desconocido con cara de fiestero y lo mantiene a distancia.

Ella le está diciendo algo que (demorése en observarle la forma de la boca) es a todas luces algo así como: “Vocé abusó, pero conmigo tudo bem, tudo legal”.

Amado Boudou tiene algunas virtudes. Por ejemplo, es de amianto. Sólo así puede entenderse que ande por el mundo representándonos como si fuera el más impoluto de los políticos argentinos.

Como si no estuviera procesado y denunciando por un mosaico de hechos non sanctos.

Vamos a la otra
La foto de abajo ya es más de entrecasa, menos diplomática.

En esa imagen, aparece con más fuerza la otra Dilma, la que está acostumbrada a mandar. La que no duda en levantar el dedo índice para rajar a secretarios corruptos.

La misma que alguna vez fue guerrillera y no se anduvo con chiquitas.

Boudou hace un esfuerzo para pasar por serio, pero lo delata ese peinado que se ha hecho (o le han hecho), como si tuviera veinte o treinta años, y no los cincuenta y pico que tiene.

Lo dijo Eduardo
Un peinado como si fuera Martín Losteau y después de la ceremonia en el palacio de Planalto, en Brasilia, fuera a salir lanzado a besarse apasionadamente con Juanita Viale en un auto en plena vía pública.

¡Ah, tigre!

Repare en ese cabello, tirado sobre la frente, con mechones para acá y para allá, para tapar alguna entrada o para que la gilada internacional diga: “Mirá qué modernoso este maduro vicepresidente de los argentinos”.

No hay nada que hacerle. Ya lo dijo Duhalde, con maestría, aunque la realidad sea aun esquiva en darle la razón.

“Los argentinos estamos condenados al éxito”.

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