sábado 03 de enero de 2015
afondo

El papel de la palabra

"Escoliosis", la columna torcida de Ariel Robert

Cerca, a metros del enorme y maravilloso edificio del Museo Nacional del Prado, nombre que desborda de verdor y verdor que inunda el paisaje, hay otra antigua construcción, en la que funciona la real Academia de la Lengua Española. En realidad no me consta que funcione, es el lugar que alberga documentos, textos, libros y en donde intelectuales y burócratas discuten, definen y deciden sobre nuestro idioma.

Desde el inicio hay un dato algo contradictorio. No es la lengua española lo que fija, resguarda, preserva y mejora esa institución sino el idioma castellano. Sabemos que en España hablan también otras lenguas. Por obstinación vasca, ó por aspiraciones segregacionistas catalanas, lo concreto es que el famoso DRAE trata sobre los vocablos castizos. Y cualquier buen observador, verá que la contracción encierra la verdad, DRAE refiere al diccionario de la real academia española, no de la lengua española, pues como tal no existe.

Ó sea, hay que sacar lo de lengua. Y con sacar me refiero a quitar, no a exhibir.

Hace un par de días asumió un nuevo director de esa institución, un tal Villanueva. Promete modernización, actualización, tanto que será la primera vez en la historia que editarán el diccionario en forma digital concebido para la nueva tecnología. Hoy está digitalizado, pero nutrido de la idea y del formato convencionales.

Ahora adoptará carácter informático. O sea, cinético y muy dúctil. Promete fotos, híper textos, vinculaciones y tal vez también espejitos. Otro vez, sí, otra vez.

Diccionario digital. Una buena manera de ir despidiéndose gradual y simuladamente del libro.

Libro, ese artefacto que despide perfume según su edad. Libro, objeto que se puede tratar con cariño, pero también se puede rayar; admite anotaciones, se puede doblar la página en la que quedamos. Modifica su color según el tiempo transcurrido y el lugar en el que uno lo guarda (u olvida). Ni se enorgullece por estar junto a otros ejemplares en una elegante biblioteca, ni se ofende si lo llevamos al baño y no se ruboriza cuando permanece como testigo desde la mesita de luz.

Se puede estropear, arrancarle una hoja que esté de más y admite ser usado como elemento contundente contra algún adversario, a quien incluso puede provocarle la muerte. A diferencia del actual y muy moderno, usa la luz de frente, no de atrás.

Intuyo que los ecologistas, que con tanta devoción indican que debemos eliminar el papel de nuestras vidas, han jugado un papel importante en esto de que se vaya sustituyendo la página 42 por la flechita a la que llaman cursor, de tal manera que se ahorrará en el uso de la madera de los árboles y también de la saliva, para descorrer las páginas y descubrir un nuevo capítulo cada tanto.

Pienso, sólo especulo, que el agua que no necesitará ese árbol que no criará madera para que luego termine con sus resinas, sus cortezas y sus ramas más firmes convirtiéndose en papel, papel que ya no tendría sentido debido a que los libros vienen adentro de una pantalla, presumo, ese agua no tendrá como destino mitigar los incendios bradburianos, incendios que no habrán de producirse porque ya los árboles no le prestarán sus cuerpos a la tinta convertidos en papel.

Me temo que tampoco estará ese libro, amenazante, que ponga en riesgo el diseño del poder. Y tampoco vendrá en nuestro auxilio para señalarnos qué significa ese término que no conocemos ó acaso no recordamos. Y la palabra palabra pierda sus últimos vestigios de argumentos para existir.

Para ese tiempo, muy próximo, ojalá recordemos qué debíamos hacer con el agua, además de dejarla correr, o de usarla sabiamente para lavar el cero kilómetro que contamina bastante más que árbol traducido en diccionario.

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