martes 06 de enero de 2015
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Desaparecidos en México: así fue la matanza de los normalistas de Ayotzinapa

Quiénes son los ideólogos de la masacre. Los días previos. El motivo. La secuencia. Las hipótesis que se manejan allá contadas por un periodista de Diario UNO.

 

Desde México
Por Enrique Pfaab
pfaab.enrique@diariouno.net.ar

Es parte de una historia incompleta. A pesar de que hay muchos datos y testimonios que la abala, no deja de ser parcial y aún conserva muchos detalles oscuros. Los padres de los 42 normalistas que permanecen desaparecidos y de los 4 que fueron asesinados, insisten en que todavía sus hijos están vivos y posiblemente secuestrados y detenidos por el Ejército mexicano. No pueden corroborar esto porque, entre otros detalles increíbles, arbitrarios y dictatoriales, sus abogados no han podido tener acceso al expediente ni a las declaraciones que se han incorporado a él. Pero, por ahora y hasta que aparezcan, esta es la única versión de los hechos ocurridos la noche del 26 de septiembre en Iguala, Guerrero, y de los días previos y y las horas posteriores.

1 - Los protagonistas

José Luis Abarca

José Luis Abarca asumió como alcalde de Iguala en 2012. Podría definirse en este momento como miembro del PRI, pero en Iguala (tiene cerca de 120.000 habitantes y es el tercero más importante de Guerrero) los políticos cambian de partido como de calzones.

Abarca era un desconocido para el ambiente político y su llegada al poder hubiera sido una sorpresa si no se tiene en cuenta que su candidatura fue impulsada por Lázaro Mazón, que ya había sido alcalde dos veces. En plena campaña política ya se decía que darle el sillón a Abarca, era dárselo al crimen organizado y se argumentaba, con razones de sobra, que la relación entre este y el narco era su esposa María de los Ángeles Pineda, hermana de tres hombres integrantes del cártel Guerreros Unidos, también integrado por su padre, Salomón Pineda. De los hermanos, solo sobrevive uno, ya que los otros cayeron abatidos entre enfrentamientos entre cárteles, mientras que su padre está preso.

El único sobreviviente y libre es su hermano mayor, aunque está prófugo, con pedido de captura.
Abarca asumió su cargo en diciembre de 2012 y su gestión fue poco transparente desde el comienzo. Integrantes de su mismo partido lo acusan, con fundamentos y datos probados, que apenas asumido nombró a 11 parientes directos en puestos claves, lo que significa que la familia se lleva mensualmente el 2% del presupuesto municipal a sus casas.

Ya como alcalde, hay dos homicidios que se le atribuyen a Abarca, uno como ideólogo y otro como ejecutor directo.

Justino Carvajal Salgado, miembro del mismo partido y que estaba molesto con la candidatura de Abarca, apareció muerto a balazos pocos días antes de que asumió en nuevo alcalde. La justicia local, que también es independiente de la nacional como cada estado y municipio, no avanzó en la investigación, pero para los investigadores federales recién ahora, cuando Abarca ya está mencionado como autor intelectual de la masacre de los normalistas, sostienen que el funcionario ordenó el asesinato de Salgado.

El segundo homicidio que se le atribuye a Abarca es el de Arturo Hernández Cardona. Este hombre era un activista social con peso político y que tenía contacto fluido con la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Bustos.

Hernández había realizado algunas denuncias públicas porque, desde que asumió Abarca, los aportes estatales para la escuela no llegaban o aparecían con mucho retraso. En el expediente que investiga el caso de los normalistas hay testimonios que indican que María de los Ángeles Pineda le había advertido a Hernández que “no sabía con quién se metía”, y que “se lo iba a llevar la chingada”. Esa amenaza se concretó a los pocos días, según informes de la Procuración. Abraca ordenó secuestrar a Hernández Cardona y él mismo lo ejecutó. Un testigo declaró que el alcalde dijo que “así como él (Hernández) se dio el gusto de pintar mi ayuntamiento, yo me voy a dar el gusto de matarlo” y después le disparó a quemarropa. Luego ordenó que lo tiraran en una fosa que ya había hecho cavar con anticipación.

A raíz de este homicidio, que nunca se dio por aclarado hasta ahora, cuando ya Abarca está acorralado por el caso de los estudiantes, los normalistas de Ayotzinapa se manifestaron frente a la sede de Gobierno de Iguala e hicieron pintadas. Abarca les juró venganza.

Pero además de sus acciones criminales, el ahora destituido y detenido alcalde de Iguala, no puede explicar su vertiginoso enriquecimiento en estos dos años. Pasó de ser dueño de un negocio de comidas al paso, a ser el titular de 90 propiedades en Iguala, Puebla, Morelos y el Distrito Federal. Algunas están a nombre de Abarca, otras a nombre de sus hijas y las restantes figuran como propiedad de Abarpin S.A., la sociedad que formó con su esposa. Trece de esas propiedades son casas de joyería y la más costosa, de 300 millones de pesos, es el principal centro comercial de Iguala. El terreno donde fue construido este complejo comercial fue “donado” por la Secretaría de Defensa del mismo municipio.

Las Policías y el Ejército

Policía Municipal

Como cada municipio de México, Iguala tiene su propia policía. Sus integrantes portan armas largas y cortas y poseen sus propios móviles. Responden directamente al alcalde y su poder es absoluto dentro de su territorio.

En el caso de la masacre de los normalistas, la Policía Municipal de Iguala y la de Cocula, un municipio vecino, tuvieron directa participación en los hechos.

Actualmente hay 60 efectivos de Iguala detenidos por este caso y varios de ellos formaban parte de la custodia personal de Abarca y de su esposa y también eran sus choferes.

Además varios de ellos ya tenían condenas por homicidios y estaba probada su vinculación con los grupos narco, que las tiene totalmente captadas, especialmente a la de Iguala y la de Cocula.

Policía Federal

La Policía Federal tiene jurisdicción en las carreteras nacionales y acciona en el resto del territorio cuando lo ordena el Gobierno Nacional.

En los días previos al 26 de septiembre, había tenido algunos cruces con los normalistas de Ayotzinapa, que habían estado realizando actividades de militancia en las rutas de la zona.

Hay testimonios y comunicaciones telefónicas que indican que participaron, o al menos tuvieron pleno conocimiento de lo que estaba ocurriendo la noche de la masacre.

Ejercito

No hay referencias ciertas sobre sí actuaron en el hecho, pero los padres de los normalistas desaparecidos aseguran de que días antes los estudiantes habían sido amenazados por integrantes de esa fuerza. Además algunos creen que los 42 desaparecidos están retenidos en algún campo del Ejército.

Ayer (4 de enero) algunos informes de expertos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) indicaron que existe una gran probabilidad de que los cuerpos de los desparecidos hayan sido incinerados en un crematorio de esta fuerza.

Guerreros Unidos

El cártel Guerreros Unidos es un desmembramiento del Beltrán Leyva, desarticulado cuando murió su líder Arturo Beltrán Leyva, “El Barbas”. Está en abierta guerra con otros cárteles de la región: Los Evangélicos de la Familia; algunas facciones del cártel de Sinaloa; y especialmente con “Los Rojos”, que también habían pertenecido al cártel de Beltrán Leyva.

Todos esos se disputan el control de las zonas de centro de Guerrero (Chilpancingo) y de Tierra Caliente (Iguala, Taxco, Morelos y Estado de México).

El Estado de Guerrero muy codiciado por estos grupos, ya que aquí se cultiva el 98% de la amapola del país, de la que se obtiene la heroína. Un kilo de esta materia prima vale 300 dólares.

La guerra abierta y pública entre los Guerreros Unidos y los Rojos, especialmente en la zona de Iguala, ha dejado ya decenas de muertos y las montañas están sembradas de cadáveres. Mientras se buscaban los cuerpos de los normalistas, fue encontrada una fosa con 30 cadáveres a pocos metros de la casa del líder de Guerreros Unidos, Gildardo “El Cabo Gil” López (en los registros oficiales figura como “ganadero”), quien hoy se encuentra prófugo por el caso de los estudiantes. La investigación de la Procuraduría General de la República (PGR) entiende que la masacre de los normalistas tiene relación con este conflicto ya que, según esa versión que los padres desestiman, al Cabo Gil los policías municipales le dijeron que entre los normalistas había Rojos y por eso los ejecutó, ya que estaba especialmente enfurecido porque hacía poco tiempo ese cártel rival había acribillado a su padre.

Los normalistas

La Escuela Normal Rural Raúl Isidro Bustos fue fundada en 1920, junto a muchas otras de su tipo en el país. Hoy tiene una matrícula que supera los 500 alumnos varones, que viven en la misma escuela.

Es una carrera de 4 años para recibirse de maestros bilingües, que enseñarán en lengua indígena (plenamente viva en México) y en castellano.

De esta escuela surgió Lucio Cabañas, uno de los principales revolucionarios de este país.

Además de sus estudios específicos y si lo desean, los normalistas pueden recibir formación política.

La mayoría de los normalistas desaparecidos pertenecía a la Casa Activa, una agrupación donde recibían esta formación.

Muchos de los 42 habían recién ingresado en Julio pasado. Como iniciación, los habían rapado y los
alumnos de cursos los estaban instruyendo en las actividades de la escuela.

La Normal no tiene director y su destino lo resuelve un Consejo, formado por profesores y alumnos.
Debido a que el aporte del Estado es insuficiente para alimentar y cubrir los gastos básicos, los estudiantes salen a reunir fondos de otra forma. Le llaman “boteo”. Van a las rutas y piden colaboración o interceptan a alguna camioneta distribuidora de alimentos y la “secuestran”. Llevan los alimentos hasta la escuela y luego devuelven el vehículo y lo dejan en la Normal, para que vayan a buscarlo. En estos días había cuatro camionetas de distintas empresas abandonadas allí.

De la misma forma también interceptan colectivos, especialmente de larga distancia. Son aquellos que están fuera de servicio y que los estudiantes usarán para movilizarse a diferentes puntos. Esta es una situación difícil de entender desde afuera. Lo que ocurre es que el Estado no quiere aportar más fondos a estas escuelas (incluso ha cerrado cerca de 30 en los últimos tiempos ya que sabe que desde allí no surgirán ciudadanos complacientes) y prefiere que cada una se sostenga como pueda.

Los choferes

Los choferes de micros que trabajan en la zona están habituados a los “boteos” de los normalistas. Algunos simpatizan con ellos y otros no.

Los estudiantes por lo general le pagan al chofer las horas en que debe estar sobre la unidad, para conducirlos a dónde ellos quieren y también les firman una “carta de liberación”, donde dejan constancia dónde estuvo el micro y su conductor durante ese tiempo.

Las compañías de transporte dicen simplemente que estos casos son “robos y maltrato al personal”.

Los choferes, por su parte, sostienen que son las mismas compañías de transporte las que los obligan a no abandonar la unidad y que luego les hacen descuentos de sus salarios.

Para un viaje de 5 horas, como es el que une el DF con Acapulco, las compañías destinan un solo chofer por unidad que, además de conducir, ubica los bultos y controla los pasajes.

Para un viaje más largo, hay dos. Sin embargo el chofer al que le toca descansar va ubicado en uno de los compartimentos inferiores del colectivo, donde va el equipaje. La única diferencia es que ese cubículo tiene en la puerta una pequeña rejilla de plástico, por donde entra el aire. Tirado en el suelo hay un colchón. El chofer debe ir acosado. No hay otra forma.

2 - Los hechos

Los días previos

Unos días antes, entre el 18 y 20 de septiembre, hubo un encuentro de estudiantes normalistas de 16 escuelas rurales nucleadas en la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM) en Amilcingo, localidad ubicada entre Morelos y Puebla, camino al DF. Esa reunión tuvo el objetivo de organizar la manifestación que iban a realizar el 2 de octubre, día en que se recuerda “La Matanza Tlatelolco”, ocurrida en 1968 cuando una manifestación estudiantil fue reprimida por las fuerzas federales o ocasionó 300 muertes.

En el cónclave Los normalistas decidieron que se movilizarían al DF y que partirían todos juntos desde la Normal de Ayotzinapa. Eran muchos estudiantes y necesitaban transporte para semejante movida. Allí mismo repartieron funciones y se decidió que serían los normalistas de la Ayotzinapa los que se encargarían de conseguir los micros necesarios.

El domingo 21 en la Normal Raúl Isidro Bustos se analizó el tema. Debían hacer boteo para conseguir dinero para el combustible y también necesitaban reunir 25 micros.

El 22 un grupo de normalistas salió de la escuela hacia la terminal de ómnibus de Chilpancingo. Iban en un micro que ya habían retenido unos días antes. Allí lograron llevarse dos colectivos de la empresa Estrella de Oro, los que trasladaron hasta la escuela.

El 23 hicieron el mismo operativo, pero esta vez los interceptó la Policía Federal, que los obligó a devolverlos. No hubo incidentes en ese encuentro. Incluso los estudiantes pudieron hacer un boteo en la ruta y reunieron algo de dinero.

El 24 la Policía Federal reforzó los patrullajes y los estudiantes decidieron no salir de Ayotzinapa.

El 25, para evitar a los federales, los normalistas decidieron cambiar de zona y se fueron cerca de Huitzuco, poblado ubicado a unas dos horas de la escuela. Allí consiguieron otros dos micros y otro poco de dinero.

Como el 2 de octubre estaba muy cerca y todavía la cantidad de micros era escasa, decidieron que al día siguiente irían más estudiantes al operativo. Sería más de 100. Para llegar a ese número, sumaron a los estudiantes recién ingresados, a los que llaman “pelones” porque ya estaban rapados y a los que no se les explicó qué era lo que iba a hacer. El grupo estaría a cargo de seis estudiantes de segundo año y dos de tercero.

El 26 de septiembre los normalistas se dividieron en grupos. El encargado general era Bernardo “El Cochiloco” Flores Alcaraz, de segundo año. Todos en la Normal tienen apodos. Quienes lo secundarían en el operativo era Los “El Carrillas”, “El Fresco”, “El Pancita”, “La China”, “El Güero”, “El Chane”, “El Botitas”, “El Marinela”, “El Copi”, “El Chicharrón” y los “Kinder”.
Subieron a dos micros de Estrella de Oro, que habían incautado los días previos, y salieron a las 15 hacia Chilpancingo. Pero esta vez se toparon con la policía municipal, que los obligó a regresar. Tampoco hubo incidentes en ese encuentro.

La masacre

A las 18 de ese 26 los normalistas decidieron insistir. Volverían a las cercanías de Huitzuco, donde les había ido bien. Salieron de Ayotzinaba en los micros 1531 y 1568 de la compañía Estrella de Oro. Eran unos 100.

Cuando llegaron al lugar, se decidió que uno de los grupos se desplazara hacia una caseta de peaje, cerca de Iguala, y otro se quedaría allí pero más cerca de un restaurante cercano, donde suelen estacionar los colectivos. El Cochiloco se quedó en este grupo.

El micro 1531 fue hasta la caseta de Iguala y los normalistas comenzaron a botear. En eso apareció un micro de la compañía Costa Line, interno 2513. Iba con algunos pasajeros. El chofer se detuvo y subieron 10 normalistas, que le dijeron cual era el plan. El conductor aceptó, pero les dijo que primero debía llevar a sus pasajeros a Iguala. Los normalistas dijeron que si. Llegaron allí cerca de las 20. Ahora los estudiantes estaban divididos en tres grupos.

En la terminal, ubicada 400 metros del municipio, algo comenzó a funcionar mal. Bajaron los pasajeros y el chofer les dijo a los estudiantes que lo esperaran dentro del colectivo. Y esperaron 15 minutos, sin que el conductor regresara. Un normalista quiso bajarse y se dio cuenta que el chofer había trabado la puerta y los había dejado encerrados. Había dado aviso a su compañía y esta había llamado a la Secretaría de Seguridad Pública del municipio de Iguala. Era el comienzo de la masacre.

Uno de los estudiantes encerrados llamó a Cochiloco y le avisó lo que pasaba. También llamó a la escuela, para pedir ayuda. De allí salieron 20 normalistas más, que se dividieron en dos colectivos de la misma escuela.

En ese mismo momento, en la terminal de Iguala, comenzaron a aparecer los efectivos de la Policía Municipal que, por ahora, estaba detrás de las rejas que la encierran.

Los 10 estudiantes encerrados en el micro decidieron romper las ventanillas y salir. Entre tanto Cochiloco ordenaba que el resto de los estudiantes abandonara el boteo y el intento de captura de más micros y se fuera a la terminal, a ayudar a los 10 normalistas.

El micro Estrella de Oro 1568, que llevaba al grupo donde estaba Cochiloco, llegó a la terminal a las 20.50. Los normalistas bajaron y se unieron a los 10 que estaban allí.

En cambio el micro Estrella de Oro 1531 que estaba en la caseta de peaje se demoró. El chofer no conocía Iguala y erró el camino y tardó en encontrar la terminal.

Las versiones dicen que ya allí se escucharon algunos disparos, pero lo cierto es que la Policía Municipal optó por retirarse, al ver a 90 jóvenes que no estaban dispuestos a retirarse.

Entonces los estudiantes decidieron retomar el plan original y captaron otros dos micros de la empresa Costa Line: el 2012 y el 2510. Uno debía ser conducido por un normalista, porque el chofer se había negado a hacerlo. Entonces decidieron partir. Dejaron el micro que tenía la puerta trabada y los vidrios rotos y se fueron con los otros cuatro. En cada uno viajaban unos 25 estudiantes. Se fueron por una de las avenidas principales de Iguala. Eran pasadas las 21.

En ese momento un policía municipal, que está probado también hace de “halcón” (campana, según el léxico argentino) para Guerreros Unidos, le dio aviso de lo ocurrido al operador de radio David “El Chino” Hernández, que trabajaba la Secretaría de Seguridad Pública municipal y que también tenía contacto directo con el alcalde José Luis Abarca. Hernández hizo correr la voz y también llamó a la Policía Municipal de Cocula, municipio distante a unos 20 kilómetros.

A esa hora estaba terminando, a pocas cuadras de la Terminal, una reunión que realizaba la esposa de Abarca, María de los Ángeles Pineda, que tiene cargo político en la comuna. Abarca estaba con ella.
Las informaciones de los primeros días sostenían que el objetivo de los normalistas en Iguala había sido manifestar enfrente del edificio donde se realizaba esa reunión. Ahora se sabe que no fue así.

Lo cierto es que, según consta en las desgrabaciones efectuadas por la Procuraduría General, al enterarse de la presencia de los normalistas en Iguala, Abraca dijo: “Porcedan”.

En tránsito en Iguala era caótico. Los tres colectivos de los normalistas avanzaban muy lento y en fila: Estrella de Oro 1531, Costa Line 2012 y 25210 y Estrella de Oro1568.

Del primero bajaron algunos normalistas que intentaron abrir el paso y preguntar cómo salir más rápido de la ciudad, ya que Iguala no era una ciudad que frecuentaran habitualmente.

El Estrella de Oro 1531, el primero de la fila, logró girar por una calle con menos tráfico, pero los otros quedaron en el embotellamiento.

De pronto aparecieron seis móviles de la Policía Municipal. Los efectivos se bajaron frente a los tres colectivos detenidos y comenzaron a disparar. Los primeros disparos fueron al aire. La gente que estaba en la calle comenzó a correr. Los automovilistas se bajaron de sus vehículos y también huyeron. Algunos de los normalistas gritaron que “¡no nos disparen, somos estudiantes!” y otros se bajaron y comenzaron a tirarles piedras a los policías. Un cascote rompió el parabrisas de un móvil.

Los policías ya no disparaban al aire, ahora les apuntaban a los pies. Todavía había cierta distancia entre los dos sectores.

La desbandada de gente había despejado la calle y los estudiantes regresaron a los micros y retomaron la marcha. Los patrulleros los comenzaron a seguir.

Hicieron así unos 1.500 metros, hasta que se tomaron con dos patrulleros atravesados sobre la calle.
En tanto aquel colectivo con estudiantes que había salido primero y había evitado toda esta situación, de pronto se encontró con otra barricada, ya a la salida de la ciudad. Había 10 patrulleros atravesados en el camino. Los estudiantes bajaron y comenzaron a correr, pero fueron cercados por los policías.
Ya eran las 22.

Algunos testimonios indican que uno de los policías gritó: “¡Ahora sí, pinches chamacos, a ver si tienen muchos huevos!”. Los estudiantes se entregaron, pero uno de los policías le lanzó una piedra y allí los normalistas decidieron responder. La lluvia de piedrazos distrajo a los uniformados y los normalistas se dispersaron. Algunos buscaron refugio en algunas casas cercanas y otros decidieron seguir corriendo, mientras los policías continuaban disparando, ahora a matar.

Mientras tanto los otros tres colectivos seguían rodeados por policías y llegaban más patrulleros.
Cuatro normalistas intentaron empujar una de las camionetas policiales que bloqueaba el paso de los micros. Era muy pesada y no lo lograban. Los policías disparaban a matar. Un proyectil impactó en la cabeza de Aldo Martínez (19), un normalista de primer año. Pese al impacto, todavía estaba vivo (hoy permanece internado en coma, en grave estado) y sus compañeros comenzaron a gritar: “¡Pidan una ambulancia!”. Pero los policías continuaron disparando.

En tanto los otros dos micros eran rodeados por policías. Estaba oscuro y lloviznaba y casi no se veía nada. Los normalistas del segundo colectivo, el Costa Line 2510, lograron correr hacia las sombras y escapar. Eran las 22.50.

Los del tercer micro estaban tan rodeados como los del primero.

Los estudiantes del tercer autobús, el Estrella de Oro 1568, fueron llevados hasta la vereda opuesta y los hicieron arrodillar. Uno de los policías le puso el caño de la pistola en la mejilla a Edgar Vargas, normalista de primer año, y disparó.

Algunos de los estudiantes comenzaron a ser subidos a las camionetas de la policía. Ya, a esa altura, comenzaron a llegar algunos medios de comunicación a la zona, especialmente medios locales y un corresponsal de televisa, con cámara en mano. Nada de todo eso fue publicado.

En ese momento llegaron móviles de la Policía de Cocula, cuyos efectivos bajaron ya disparando de las camionetas. En ese momento murieron los normalistas Daniel Solís y Julio César Ramírez.

Algunos de los estudiantes que escaparon lograron llevar a un compañero, Edgar Vargas, a un Hospital. El joven tenía un balazo en la cara que le había destrozado la mandíbula. El primer médico que los vio, en lugar de darle auxilio, llamó al 27 Batallón de Infantería. Ya eran los primeros minutos del 27.

El herido y sus compañeros fueron fichados y fotografiados cuando llegaron los militares a los pocos minutos, pero no fueron asistidos. Incluso un normalista declaró que el que estaba a cargo, les dijo: “Así como tienen huevos para hacer su desmadre, ahora tengan para enfrentarlo”.

Varios de los normalistas que escaparon, especialmente los que lo hicieron en grupo, pudieron refugiarse y salvarse. Otros no y fueron detenidos. O peor. El normalista Julio César Mondragón fue desollado vivo. Le arrancaron la piel, la nariz y los ojos. Un compañero declaró que le hicieron eso porque escupió a uno de los policías.

En medio de la balacera un colectivo de la empresa Castro Tours intentó escapar del lugar y también fue baleado por la Policía de Iguala. El chofer, Víctor Manuel Lugo, murió instantáneamente. También un pasajero: David García, un chico de 15 años que era jugador del equipo de fútbol los Avispones, de Chilpancingo.

También un taxi recibió las balas y su pasajera, Blanca Montiel, murió en el acto.

Los 43

Las versiones ahora se dividen. Los padres de los 43 normalistas que desaparecieron esa noche, creen que los jóvenes fueron entregados al Ejército en algún momento.

Pero el expediente oficial, al que no han podido tener acceso los abogados de las familias, dice otra cosa.

En un momento el subdirector de la Policía de Iguala, Francisco Salgado Valladares, subdirector de la policía de Iguala, llamó al líder de Guerreros Unidos, el “Cabo Gil” López, quien pidió que le llevaran a todos los normalistas que habían sido detenidos.

En algunas cámaras de seguridad quedaron registros de que tres camionetas policiales realizaron ese traslado.

En una llevaban a cinco, en otra a otros cinco y en otra a más de 30, amontonados uno arriba de otro en posición horizontal. Algunas de esas camionetas eran de la Policía de Cocula. Hay grabaciones telefónicas en donde quedó registro de las comunicación entre policías de Cocula, Iguala y narcos de Guerreros Unidos, en donde se puede seguir la ruta que utilizar para “sacarnos este paquete”.

La primer parada fue la casa de el “Cabo Gil”, el líder de Guerreros Unidos.

Todos los normalistas fueron bajados y atados y luego vuelos a subir, todos acostados, a dos camionetas. Según las declaraciones, a partir de allí los que se encargaron de todo fue al gente de Guerreros Unidos. Pero la versión está cuestionada.

De allí, en caravana junto a otras camionetas, los normalistas fueron llevados a un basurero ilegal local, conocido como “Hoyo del Papayo”. Es un profundo barranco, una especie de quebrada, como los que hay muchos en la región. Lloviznaba.

Los normalistas fueron bajados al borde del barranco. Al menos 15 de los normalistas ya habían muerto, asfixiados por el mismo peso de sus compañeros que estaban sobre ellos. Uno de los Guerreros Unidos que fue detenido por este hecho, declaró que “había unos 15 que ya estaban muertos”.

Dicen que el “Cabo Gil” los interrogaba y les preguntaba si eran “Rojos”, los del cártel enemigo. Y sostienen que al primero que mató el mismo, fue a Cochiloco.

Hay más de una versión sobre esta última secuencia. La oficial dice que los normalistas fueron ejecutados y quemados allí. Pero los datos científicos dicen que es imposible reducir los cuerpos a cenizas de esa manera, a cielo abierto.

Para las familias de los normalistas, la intención es culpar a Guerreros Unidos, ya que así el Estado se quita la responsabilidad directa. Tampoco hay certezas de dónde fueron recuperados los restos del cuerpo del único de los 43 normalistas que fue identificado.

José Luis Abarca dijo que se fue a dormir, apenas terminó la reunión que había tenido. Sin embargo hay registros probados de que durante la noche del 26 y la madrugada del 27 habló 35 veces por su celular, con miembros de la Policía Municipal. También hay 15 llamadas que se hicieron del teléfono de su mujer.

No hay final. No lo habrá. No hasta que se encuentren a los 43. No hasta que castiguen a los culpables.

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