jueves 21 de septiembre de 2017
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"Lo primero que hizo fue pedirme upa": la emotiva historia de la mujer que adoptó a una nena golpeada

Irene, una joven soltera y que no estaba en pareja, conoció a Keila mientras hacía un trabajo voluntario. La nena padece un daño neurológico severo a raíz de los golpes de sus padres. Un juez le otorgó la adopción.

Era marzo de 2014, viernes. Irene Lugo, que acababa de cumplir 27 años, salió del trabajo y fue al Hospital San Lucas, en La Plata, junto a otros dos voluntarios. La idea era montar una pantalla gigante, proyectar un musical de Piñón Fijo y hacer pochoclos para que los chicos -todos con algún tipo de discapacidad- pasaran el rato. Keila, que estaba por cumplir 4 años, la vio llegar y la siguió con la mirada. Después, se levantó con dificultad del banquito de madera en el que estaba sentada, caminó hasta Irene, la agarró de una pierna y le pidió upa con los brazos estirados. Los médicos y los asistentes del hospital quedaron sorprendidos: Keila nunca le pedía upa a nadie.

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"Cuando conocí a Keila hacía tres años que yo era voluntaria en un programa que el PAMI tiene en La Plata y que se llama 'Cine Para Todos'. Lo que hacíamos era llevar la pantalla y el proyector a comedores, geriátricos, hogares de chicos: cualquier lugar en el que hubiera personas que no pudieran trasladarse a un cine común", cuenta Irene Lugo (31) a Infobae. En ese contexto, pidieron permiso para llevar la pantalla al Hospital San Lucas -que está en el mismo predio que la cárcel de Olmos-, donde vivían casi 30 chicos y adolescentes con discapacidad motora e intelectual.

Dice Irene que ese día Keila se levantó del banquito y caminó hacia ella con dificultad, como si estuviera tratando de hacer equilibrio sobre una soga. "En ese entonces ella caminaba muy poco y me pidió upa con un gesto, porque tampoco hablaba. Yo me agaché y la alcé, y no se quiso bajar más, estuvo toda la película sentada encima mío", recuerda. Cuando llegó la hora en que Irene y los voluntarios tenían que irse, Keila se puso a llorar.

"De a poco fui preguntando en el hospital sobre su historia. Me contaron que había nacido en junio, pleno invierno, mientras sus padres estaban en situación de calle. Que había tenido neumonía a pocos días del nacimiento y que después había estado internada por desnutrición. También, que había sufrido mucha violencia. Los padres le habían dado tantos golpes en la cabeza mientras era bebé que le habían provocado un daño neurológico severo. Ella no había nacido con discapacidad, la discapacidad había sido consecuencia de los golpes. Después, la abandonaron".

En el hospital fueron redactando informes dirigidos al juez en donde dejaron constancia de los avances que veían en Keila desde que se relacionaba con Irene: hablaba más, comía cosas nuevas, sonreía y había empezado a dejar los pañales. Irene ya se llevaba a Keila de paseo 2 o 3 veces por semana, pero devolverla seguía siendo una tortura.

"Se quedaba tan mal, lloraba tanto, que llegaron a pedirme que no fuera más, porque la estaba perjudicando. Fue terrible eso, para las dos. Después se dieron cuenta de que no le hacía mal verme sino que el vínculo entre nosotras ya era muy fuerte, y ella se asustaba mucho cuando nos separábamos", sigue. Irene, entonces, le pidió al juez que permitiera que Keila se quedara a dormir con ella al finalizar esas salidas.

"Y ahí me llamó el juez, que venía viendo lo que estaba pasando. Quería decirme que Keila estaba en estado de adoptabilidad y quería saber si yo había pensado en adoptarla. Yo me quedé helada, tenía 27 años, ni siquiera había pensado en tener hijos, no estaba ni en pareja", cuenta. Y le dijo que no, que prefería mantener el vínculo que tenían. "Nos seguimos viendo, pero la verdad es que ella se quedaba cada vez peor. Y en un momento me dije a mí misma: 'bueno, basta, ya sufrió mucho, no la puedo hacer sufrir yo también'.

Irene decidió que iba a adoptarla, pero no se lo contó a nadie. "Primero quería preguntárselo a ella. Así que uno de esos días que la fui a buscar, estábamos jugando, le hice upa y le pregunté: ¿Kei, vos querés que yo sea tu mamá? Yo tenía unos nervios, terribles", se emociona. Keila no habló, pero sonrió y la abrazó. Llorando y con la nena en brazos fueron a contarle a la gente del hospital la decisión que habían tomado. "Estaban todos muy emocionados. Me decían: 'mirá la carita de felicidad que tiene esta nena ahora". Keila sonreía.

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